Blog – DUELOS EN COSCIENCIA ALMICA
Hoy acompaño a muchas personas que atraviesan ese mismo silencio. Que se preguntan, a gritos internos: “¿Cómo está? ¿Está bien? ¿Me escucha?”
Y sí. Está. Te escucha. Te ve. Pero sobre todo, te espera.
El alma no desaparece. No se disuelve. No se pierde. Solo cambia de forma, de lugar, de función. El vínculo sigue. Siempre. Aunque no lo veas.
Hay un plano más sutil, donde todo lo que amaste sigue vivo. Más luminoso, más libre, más sabio; y en evolución continua.
Muchas veces me preguntan: “¿Y si no está en paz?”
Mi experiencia acompañando cientos de casos me dice esto: hay almas que necesitan una mano. Una palabra. Un empujón de amor. Pero muchas están mucho más en paz de lo que vos creés.
No importa si te fuiste enojado. Si no llegaste a despedirte. Si le gritaste o si no lo cuidaste como querías. El alma no juzga. El alma abraza. Comprende. Y espera el momento perfecto para decirte:
“Acá estoy. Nunca me fui.”
Eso es lo que más cambia a una persona: pasar del “no sé” al “sé”. Tener certeza. Sentir paz.
Porque el dolor se calma. Pero la incertidumbre duele para siempre… hasta que se disuelve en verdad.
Te lo digo con el alma en la mano: no estás sola. No estás solo. No estás inventando nada. Ese impulso que sentís de buscar, de mirar al cielo, de hablarle en silencio… es real.
Y todo empieza cuando decidís creerle a tu alma.
Buscá un cuaderno o una hoja. En la parte superior, escribí el nombre de tu ser querido. Abajo, escribí: “Hoy elijo dejar de dudar. Elijo abrirme a la posibilidad de que estés conmigo, de otra forma. Y aunque no te vea, elijo sentirte. Y confiar.”
Escribile una carta corta. Contale lo que no pudiste decirle. Una sola cosa. No la releas. Doblala y guardala en un lugar especial.
Hacelo cada vez que la duda quiera instalarse. Esa acción simple le recuerda a tu mente lo que tu alma ya sabe.